¿Cómo nació la costumbre de poner el Belén?

¿Cómo nació la costumbre de poner el Belén?

El Papa invita a hacer el Nacimiento en casa. ¿Cómo nació esta costumbre?

En las catacumbas de los primeros cristianos pueden encontrarse imágenes del Nacimiento. Pero a San Francisco de Asís se le considera el primer impulsor de las representaciones.

ROBERTO FABRIZI
ASSOCIAZIONE ITALIANA AMICI DEL PRESEPIO
“En 1223, San Francisco pidió permiso al Papa Honorio III para representar la imagen del nacimiento de Jesús. Aunque no se le puede considerar un Nacimiento ya que sólo estaba el Niño, el buey y el asno”.

Ante el gran número de personas que no sabían leer ni escribir en su época, San Francisco encontró esta solución para explicar el significado de la Navidad. Sin embargo, fue una representación viviente y no un nacimiento con figuras. Hubo que esperar 67 años para ver el primero.

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San José, ejemplo de libertad y apertura a Dios

san joseA mediodía el Santo Padre se asomó a la ventana de su estudio para rezar el Ángelus con los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro y reflexionó sobre el evangelio del cuarto domingo de Adviento, que relata los hechos que precedieron al nacimiento de Jesús desde el punto de vista de San José.

Ciudad del Vaticano, 22 de diciembre 2013 (VIS)

José y María vivían en Nazaret pero no vivían juntos , porque el matrimonio todavía no se había celebrado. Pero María, después de haber acogido el anuncio del Ángel, quedó encinta por obra del Espíritu Santo y cuando José se da cuenta queda desconcertado.

“El Evangelio -ha observado el Papa- no explica sus pensamientos, pero nos dice lo esencial: él trata de hacer la voluntad de Dios y está dispuesto a la renuncia más radical. En lugar de defenderse y de hacer valer sus propios derechos, elige una solución que para él representa un enorme sacrificio “Como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto”….¡Esta breve frase resume un verdadero y propio drama interior, si pensamos en el amor que José sentía por María! …Pero, como en el caso de Abraham, el Señor interviene: ha encontrado la fe que buscaba y abre un camino diverso, un camino de amor y de felicidad: “José – le dice – no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”.

El texto “nos muestra toda la grandeza de ánimo de San José. El tenía un buen proyecto de vida, pero Dios le reservaba otro designio, una misión más grande. Sigue leyendo

LOS ORÍGENES DEL TIEMPO PASCUAL – ¿CÓMO VIVÍAN LOS PRIMEROS CRISTIANOS LA PASCUA?

LOS ORÍGENES DEL TIEMPO PASCUAL

¿CÓMO VIVÍAN LOS PRIMEROS CRISTIANOS LA PASCUA?

 

“La celebración de la Pascua se continúa durante el tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con inmensa alegría, como un solo día festivo, más aún, como “un gran domingo”.

http://www.primeroscristianos.com- Concluida la celebración de la Vigilia de la Pascua de Resurrección, comienza el Tiempo de Pascua, que conmemora la Resurrección y glorificación de nuestro Señor Jesucristo, la donación del Espíritu Santo y el comienzo de la actividad de la Iglesia, al tiempo que anticipa en nuestros días la gloria eterna que alcanzará su plenitud en la consumación de los siglos.

El tiempo pascual está formado por la “cincuentena pascual” o cincuenta días que transcurren entre el domingo de Resurrección y el domingo de Pentecostés, y en cierto modo constituyen “un solo y único día festivo”: el gran domingo (SAN ATANASIO, Epist. Fest. 1).

El origen de la cincuentena pascual se confunde con la celebración anual de la Pascua: al principio, la Pascua apareció como una fiesta que se prolongaba durante cincuenta días. A partir del siglo IV d. C. la unidad pascual se fragmentó, cuando comenzaron a celebrarse de modo histórico las acciones salvíficas divinas.

Los ocho primeros días de la cincuentena forman la octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor. Esta semana -in albis, como se denomina en el rito romano- surgió en el siglo IV por el deseo de asegurar a los neófitos una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado. El domingo que cierra la semana, el octavo día, constituye el día más solemne del año litúrgico después del domingo de Resurrección. Como explica Benedicto XVI “Hoy domingo concluye la Octava de Pascua, como un único día “hecho por el Señor”, marcado con el distintivo de la Resurrección y por la alegría de los discípulos al ver a Jesús. Desde la antigüedad este domingo se llama in albis, del nombre latino alba, dado por la vestidura blanca que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua, y que se quitaban después de ocho días” (Homilía 21 Domingo de Pascua, 11.IV.2010)

La celebración del día conclusivo del Tiempo Pascual, Pentecostés, nació a finales del siglo III. Esta fiesta, que en su día conmemoraba la semana de semanas pascual, surgió por influencia de la fiesta judía homónima. En el siglo IV, la fiesta poseía un doble contenido celebrativo: Ascensión del Señor y descenso del Espíritu Santo, como se advierte en los testimonios de la Iglesia de Jerusalén. Sin embrago, poco a poco, el proceso de historificación litúrgica de los hechos salvíficos de Cristo, llevó a algunas iglesias a dividir la fiesta, celebrando la Ascensión el día cuarenta después de Resurrección.

Por último, en los siglos VII-VIII, la Iglesia romana añadió a la fiesta de Pentecostés una octava, como réplica a la octava de Pascua. El origen de esta institución, que rompe la cincuentena pascual, se encuentra en la necesidad de una catequesis para aquellos que habían sido bautizados en el día de Pentecostés. Esta octava fue suprimida por la reforma del Calendario actualmente en vigor, ya que oscurecía el simbolismo del tiempo de Pascua.

Los textos de la fiesta de la Ascensión recuerdan el hecho histórico de la subida de Cristo a los cielos, a la vez que fundamenta la esperanza en la segunda venida del Señor y la exaltación gloriosa del hombre. La fiesta de Pentecostés, por su parte, muestra la íntima relación entre la Resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo: todo el tiempo de Pascua es considerado como tiempo del Espíritu. Queda así remarcado el carácter unitario de toda la celebración pascual (muerte, resurrección, ascensión de Cristo y venida del Paráclito, momentos de un único misterio salvífico divino).

Los tres primeros domingos se leen los Evangelios de las apariciones del Señor resucitado; mientras el cuarto se reserva a la parábola del Buen Pastor y los restantes al discurso sacerdotal de Cristo después de la Última Cena, tal y como vienen recogidos en el texto de San Juan. Las lecturas no evangélicas dominicales están tomadas del Nuevo Testamento: así, la primera lectura recoge los Hechos de los Apóstoles, mientras la segunda se dedica a la I Epístola de San Pedro, a la I Epístola de San Juan y al Apocalipsis.

De este modo, el Tiempo de Pascua subraya la renovación bautismal de la vida cristiana, en continuidad con la novedad del acontecimiento de la Resurrección. La Iglesia se ve a sí misma como presencia ininterrumpida de Cristo, movida por el dinamismo del Espíritu, en camino hacia su verdadera patria, con la segunda y definitiva venida de Cristo.

Durante el tiempo de Pascua, los cristianos recordarán que la vida nueva iniciada con la celebración de los misterios pascuales debe perpetuarse durante toda su existencia. En medio de las circunstancias ordinarias, los fieles descubrirán la presencia del Señor resucitado que les llama a ser testigos y dar testimonio de su paso entre los hombres.

El Tiempo pascual comienza el domingo de Pascua y termina el domingo de Pentecostés. La primera semana constituye la octava de Pascua y se celebra como solemnidad del Señor. En los lugares donde no pueda celebrase en jueves, la Ascensión del Señor se traslada al domingo VII de Pascua. Los domingos de Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y solemnidades, que serán trasladadas al lunes siguiente. Durante el tiempo de Pascua se utiliza el color blanco.

MUERTE DE JESÚS – La Pasión narrada por un Fisiólogo (6)

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

LA PASIÓN NARRADA POR UN FISIÓLOGO (6) : LA MUERTE DE JESÚS EN LA CRUZ

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Tras la lanzada, de su costado manó sangre y agua

En la hora nona (tres de la tarde) Jesús dice: “todo está consumado” (Jn 19, 30), y se abandona en las manos de Dios: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Cuenta el Evangelio, que “Jesús, dando una fuerte voz, expiró” (Mc 16, 37). Esta es, sin duda, la última expresión de fuerza espiratoria, y de posible dolor cardíaco extremadamente agudo, que pudo implicar la rotura del corazón de Jesús. Evidentemente, no gritó para llamar la atención, sino como consecuencia refleja de la percepción instantánea de un dolor de fortísima e inefable intensidad, causado por un infarto masivo incluso, como se ha dicho, con rotura de la pared del miocardio. Esta rotura se puede producir por una valvulopatía coagulopática (cierre anormal de una válvula cardíaca por un coágulo), aunque este fenómeno requiere de una pared cardíaca extremadamente debilitada.

La Creación entera se estremece ante el grito de la Redención: “En ese momento, el velo del Templo se rasgó en dos partes, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se quebraron” (Mt 27, 51). Tras tres horas de penumbra, debió impresionar la fuerte voz de Jesús. “El centurión y lo que con el custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, tuvieron mucho miedo y decían: «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios»” (Mt 27, 51).

Causas de la muerte

Cristo_crucificadoLa causa de muerte responde a muchos factores, pero el sistema más afectado es el sistema cardiorrespiratorio por:

1. La enorme tensión emocional y descarga nerviosa intensa que provoca taquicardia, y reconducción del flujo sanguíneo.

2. Shock hipovolémico provocado por las hemorragias y, quizás en parte, séptico(infeccioso).

3. Arritmias cardiacas, por taquicardia elevada, sobrecarga del corazón y alteración del potasio en sangre.

4. Insuficiencia cardiaca que produce edema(derrame de líquidos) pericárdico y pulmonarsecundarios que podrían reducir progresivamente el intercambio gaseoso en el pulmón y la contractilidad del corazón.

5. Asfixia provocada por el edema pulmonar y por la postura del crucificado que limita la eficacia del ciclo respiratorio

6. No puede olvidarse la presencia de trombos circulantes que pueden obstruir arterias de órganos vitales. Es posible la instauración de infarto de miocardio y de una alteración de las válvulas del corazón por presencia de coágulos, que elevan el riesgo de rotura de tabique cardiaco. En este sentido, la presencia de un estado dehipercoagulabilidad pudo contribuir a la formación de trombos que detuvieran la circulación coronaria y produjeran un infarto agudo de miocardio.

Otras causas que no afectan directamente al sistema cardiorrespiratorio son la insuficencia renal, la hiperbilirrubinemia e hiperuremia con efectos graves en el sistema nervioso central.

El evangelista dice que Jesús clamó con fuerte voz dos veces en la cruz. “Hacia la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: «Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?»” (Mt. 27, 45-46), palabras que corresponden a las del inicio del Salmo 22, y son, contra lo que puede parecer, una expresión de confianza en el Todopoderoso. Este primer grito pudiera ser debido a un primer episodio anginoso, posiblemente trombótico, que pudiera bloquear una arteria coronaria grande. Debido a las muchas conexiones que se establecen entre los vasos sanguíneos, además de la dilatación de arterias por óxido nítrico, es posible que el efecto del primer infarto fuera transitorio. Se pudo haber producido un primer dolor agudo referido al lado izquierdo del brazo, cuello y tórax, que pudo haberse resuelto por autorregulación.

El hecho de que Jesús gritara por segunda vez en voz alta y luego dejara caer su cabeza y muriera (Jn 19, 30), sugiere la posibilidad de una muerte súbita por infarto masivo, rotura cardíaca o arritmia letal.

Parece muy posible que el dolor extremadamente intenso acompañara al Señor hasta el último instante de su vida. No tuvo un tiempo de agonía exento de dolor, antes bien al contrario, el agudísimo dolor de infarto de corazón, como decíamos antes, pudiera haber sido la causa que le obligara a lanzar ese último grito estremecedor.

Escribe San Juan,”E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn 19, 30). Es posible que la cabeza la inclinara hacia el lado derecho, y que ocluyera los dientes y cerrara los ojos con fuerza en un intento de reflejo de retracción o de alejamiento de la zona dolorosa, que se refiere al cuello, hombro, brazo y mano izquierdos, dolor bien característico de la angina de pecho e infarto.

También es probable que se produjera una arritmia cardíaca fatal, a la que pudo contribuir la elevada concentración de potasio en sangre. Permanece la incertidumbre de si la muerte de Jesús fue debido a una rotura cardíaca, a un fallocardiorrespiratorio o a un edema pulmonar agudo, o las tres cosas al mismo tiempo.

De modo resumido, podemos decir que, posiblemente, Jesús murió por asfixia directa de agotamiento muscular, y por asfixia indirecta, secundaria a una insuficiencia cardiaca. Esta insuficiencia pudo provocar un edema pulmonar agudo. El edema pleural y pericárdico (acumulación de líquido acuoso en la cavidad torácica), explica la salida de agua tras la lanzada del centurión.

Con todo esto presente, no se puede dejar de considerar la inmensa fortaleza de la naturaleza humana de Cristo. Solamente el hecho de sobrevivir a la flagelación, e inmediatamente después hablar a Pilato con la lucidez, y claridad meridianas que nos narran los Evangelios, indican, sin duda alguna, que Jesús era un hombre de una excepcional constitución somática, física, intelectual y espiritual.

La lanzada

Jesus y los dos ladronesNada más expirar, el cuerpo de Jesús debió quedarse lívido, blanco con los síntomas de rigidez muscular propios del rigor mortis: la cara se estira y la nariz se alarga, al tiempo que los pómulos se hunden. Los ojos pudieron quedar entreabiertos y la boca a medio cerrar, los labios lívidos, posiblemente mostrando parte de la lengua posiblemente llagada.

Las muñecas y los pies se desplomaron por el peso muerto del cuerpo de Jesús, y posiblemente, las rodillas pudieron encogerse y las piernas girar, ambas hacia el mismo lado, alrededor del clavo, al recibir en el empeine el peso total del Cadáver.

“[...] uno de los soldados le traspasó el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33). Los soldados romanos estaban especialmente entrenados en atacar con la lanza el tórax derecho del adversario. Sabían que si lograban atravesar esa zona del cuerpo se producía una rápida y gran hemorragia.

La punta atraviesa primero los espacios pleurales y pericárdicos, y luego el corazón derecho, de pared relativamente delgada y al que aboca la sangre venosa, procedente de las dos venas cavas. Solamente de esta parte del tórax se puede obtener flujo de sangre abundante por perforación. La lanza pudo muy bien pasar por el cuarto o quinto espacio intercostal, de abajo hacia arriba, sin romper ninguna costilla.

San Juan narra en su evangelio que primero salió sangre y luego agua, estableciendo una secuencia que tenía una muy

especial significación para aquel joven, valiente y enamorado discípulo de Jesús, único apóstol que después de la Última Cena estuvo presente en la Crucifixión. San Juan viene a señalar de manera bien patente y gráfica la entrega de Jesús: hasta la “última gota” de Su sangre.

Desde un punto de vista fisiológico, si la presión de la aurícula derecha del corazón y de las venas cavas hubiera sido mayor que la presión de los líquidos edematosos de los amplios espacios intersticiales pulmonares y cardiacos, es perfectamente razonable que, al retirar la lanza, primero saliera sangre y luego agua.

Además, la propia rigidez cadavérica pudiera haber ocasionado que un gran volumen de sangre procedente de las extremidades inferiores y del abdomen -intensamente contraidos por el rigor mortis- se desplazara hacia los amplios espacios venosos, sobre todo, a grandes cavas y desde luego, a la aurícula derecha.

Descendimiento de la cruz

descendimiento

Antes de descender el cuerpo de la cruz, era costumbre de los judíos envolver con un sudario o paño la cabeza del difunto, sobre todo si ésta estaba especialmente desfigurada.

Al colocar el cadáver de Jesús en posición horizontal, y favorecido por la propia rigidez cadavérica, es posible que parte del líquido del edema pulmonar y pleural saliera al exterior por la boca y las fosas nasales, mojando el sudario colocado alrededor de la cabeza. Este líquido podría tener partículas de sangre, lo cual es común en personas muertas por edema pulmonar agudo (encharcamiento pulmonar).

Cuando José de Arimatea desclava a Jesús de la Cruz y desciende hasta el suelo el cuerpo inerte de Jesús, lo sostiene en sus brazos, le quita la corona de espinas, y quizá en el cuello y en los hombros de Jesús pudiera percibir el agradable aroma de nardo legítimo, de gran valor, que una mujer generosamente derramó sobre su cabello pocos días antes de la Pasión (Mt 26, 7).

José de Arimatea, con la ayuda de Nicodemo y Juan, deposita el cadáver en el sepulcro, retira el sudario según la costumbre judía, y se envuelve en dos planos (anterior y posterior), el cuerpo de Jesús con una sábana nueva, dice el Evangelio (Mt 27, 59), impregnada de mirra y áloe (Jn 19, 39).

La observación forense del cadáver de Jesús revelaría, por lo tanto: signos propios de hipoxia; hemorragia masiva y shock hipovolémico; palidez de mucosas y de órganos internos tales como pulmones, hígado, riñones y grandes vasos arteriovenosos; signos de asfixia en cerebro y pulmones compatibles con agonía prolongada.

Si tenemos en cuenta que la lanzada que atravesó el pulmón y el corazón derecho de Jesús se produjo después de que el Señor hubiera muerto, se constataría en el cadáver la ausencia de lesiones mortales, es decir, lesiones que por afectar a un órgano vital producirían la muerte de inmediato.

La muerte de Jesús es el resultado de un largo proceso agónico que ha durado unas doce o trece horas: aproximadamente desde la dos de la madrugada de la noche del jueves (el canto del gallo y la negación de Pedro es hacia las tres de la madrugada y la Agonía del Huerto sucedió poco tiempo antes), hasta las tres del mediodía – lahora nona - del viernes siguiente.

LA CRUCIFIXIÓN – La Pasión narrada por un Fisiólogo (5)

CRUCIFICAN A JESÚS

LA PASIÓN NARRADA POR UN FISIÓLOGO (5) : LA CRUCIFIXIÓN

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“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

 

Llegan al Calvario. El camino ha sido cuesta arriba y Jesús está exhausto. Le quitan con brusquedad su túnica inconsútil. Jesús sufre al sentir sobre sí mismo la vergüenza de su desnudez a la vista de cientos de miradas. El cuerpo Santísimo del Creador del mundo expuesto a la mofa y escarnio de unos personajes zafios, crueles y groseros. No es difícil imaginar a la Virgen acercándose para cubrir con un manto parte el cuerpo de su Hijo. Ningún soldado romano o sayón judío osó impedir este acto de protección maternal del pudor de su Hijo.

Las cientos de heridas medio cerradas se reabren por segunda vez. Nueva hemorragia. “Le crucificaron allí, a él y a los ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen»”(Lc 23, 34)

San Mateo dice que “desde la hora sexta (doce del mediodía) toda la tierra se oscureció hasta la hora nona (tres de la tarde)” (Mt 27, 45), y que incluso se produjo un pequeño terremoto que quizás zarandeara la cruz. La creación, estremecida y avergonzada, parece que quiere envolver en la sombra del pudor el cuerpo descubierto de su Creador clavado en la cruz. Y posiblemente comenzó a hacer más frío.

clavando_cristo_cruzPor documentos históricos, tanto de escritores cristianos como paganos, y por los hallazgos arqueológicos de crucificados en la Palestina de la época del Señor, es razonable pensar que primero clavaran los dos brazos al tablero horizontal que cargó durante el camino al Calvario.

Además, conocemos bien el tamaño y la forma de los clavos de hierro que solían emplear los romanos para la crucifixión: largas pirámides cuadrangulares, con amplia base de retención, también cuadrada. Los clavos eran, seguramente, guiados entre el radio y los huesos del carpo (muñeca), o entre las dos filas de huesos del carpo, ya sea próximos o a través del flexor retinaculum y los ligamentos del carpo. El clavo podía pasar perfectamente entre los elementos óseos y no producir ninguna fractura. Pero posiblemente, la herida perióstica era extremadamente dolorosa (el periostio es la membrana fibrosa adherida a los huesos, que sirve para su nutrición y renovación).

Con los brazos estirados pero no en forma tirante, las muñecas -no las palmas de las manos- eran clavadas al patíbulo. Se ha demostrado que los ligamentos y los huesos de la muñeca pueden soportar el peso del cuerpo suspendido. De otra forma, si se hubieran clavado las palmas, el peso del cuerpo en posición vertical las hubiera desgarrado.

clavos_jesusLos clavos pudieron rozar o atravesar el nerviomediano, que produciría descargas de dolor proyectado y referido en ambos brazos. La lesión del nervio mediano provocaría parálisis de una porción de la mano. Además, la parálisis y las contracciones musculares podrían haber causado isquemia (falta de circulación sanguínea adecuada) en muñecas y manos, debilidad de varios ligamentos y posibles desgarros.

Se produce, además, un intensísimo dolor agudo proyectado a toda la mano -que se suma al del clavo desgarrando piel, músculos y tendones- y que se refiere a todo el brazo y hombro en los lados del cuerpo. Se produce flexión inmediata y permanente del dedo pulgar.

Los pies podían ser clavados con dos clavos o con uno. En este último caso, el dolor es posible que aún fuera mayor, por la menor facilidad de movimiento derivado de la necesidad de superponer una pierna sobre otra. Podemos imaginar además que los verdugos, necesariamente brutales y despiadados, no tuvieran demasiadas contemplaciones para hincar los clavos en el cuerpo y en la madera, y que alguno de los martillazos fallaran en su puntería y cayeran directamente en las manos, muñecas o empeine del pie de Jesús.

clavos_pies_cristoLos pies se sujetaban al madero vertical a través de unos clavos de hierro colocados entre el primero y segundo espacio intermetatarsiano, justamente cerca de la articulacióntarsometatarsiana. Es lógico afirmar entonces que el nervio peroneo y los nervios de la planta del pie podrían lesionarse con los clavos, produciendo un agudo dolor referido en ambas extremidades, de modo análogo a las extremidades superiores.

Se provocaron, pues, en las regiones carpiana y tarsales de ambas extremidades, heridas punzantes, transfisiantes (que atraviesan), de bordes contusos y signos de pequeños desgarramientos al tener que soportar el peso del cuerpo de Jesús.

A continuación se elevaba el leño horizontal, de manera que éste se clavaba sobre el vertical, previamente erguido. Se podía colocar un pequeño pedestal (sedile) para apoyar los pies del condenado y evitar que quedara colgado.

Si esto ocurriera, la muerte sobrevendría por asfixia inmediatamente y de lo que se trataba era prolongar el sufrimiento y la agonía del condenado lo más posible. En cuanto el crucificado quedaba en posición vertical, seguramente de forma brusca, se pudo haber producido un estado de hipotensión ortostática, que, en todo caso, no privó de la conciencia a Jesús. Pero no es descartable que se produjeran sensaciones de naúsea, mareo y quizás -de nuevo- vómito.

La crucifixión no tiene porqué afectar a grandes arterias o venas. La sangre que manó de las extremidades no debió ser excesivamente abundante. La mayoría de las arterias comprometidas en pies y manos eran relativamente profundas, no de gran flujo y además la transfixión se realizaba con objetos punzantes. De todas formas, por la hematidrosis de la noche anterior, y sobre todo por la flagelación, Jesús ya estaría en estado de preshock hipovolémico por falta de sangre.

clavado a la cruzLa sangre que brotó de las manos y pies del Salvador pudo muy bien resbalar por las muñecas y antebrazo, siguiendo los dos recorridos determinados por la posición del antebrazo en cada movimiento respiratorio. La sangre también correría por los pies y la madera del pedestal de apoyo, y quizás llegara hasta el suelo.

La muerte por crucifixión es una de las torturas más crueles maquinadas por el ser humano. El crucificado muere poco a poco –a veces podía estar más de cinco horas- por asfixia. Parece lógico que el problema en la crucifixión es la inspiración, porque hay que elevarse apoyándose en los pies y manos atravesados, pero lo que ocurre es todo lo contrario: es la espiración la que se ve seriamente comprometida.

Conviene recordar que en la respiración normal, la inspiración es un proceso activo que requiere el descenso del diafragma, estimulado por el nervio frénico. El resto del proceso de inspiración se debe a los músculos inspiratorios accesorios, tales como los intercostales externos, esternocleidomastoideo, pectorales yparaesternales intercartilaginosos. Por otro lado, la espiración es pasiva: se produce relajación del diafragma, que asciende, y se relajan también el resto de músculos respiratorios.

Sin embargo, el esquema se invierte en la situación de una persona crucificada. La inspiración pasa a ser pasiva, debido que el cuerpo está colgado de las muñecas, los codos extendidos y los hombros separados: los músculos inspiratorios accesorios están “tirando hacia arriba” en el sentido de expandir la caja torácica. Es decir, la propia postura de la crucifixión es favorecedora de la inspiración: casi basta con abrir la boca para que el aire entre, succionado hacia el árbol respiratorio: se está en una posición torácica en situación de inspiración.

Pero la espiración está intensamente dificultada. Para una exhalación adecuada se precisa elevar el cuerpo utilizando como apoyo los pies, la flexión de los codos y hacer movimientos de aproximación de los hombros. Sin embargo, esta maniobra coloca todo el peso del cuerpo sobre los huesos del tarso y producirían un dolor severo. Más aún, la flexión del codo causa la rotación de las muñecas alrededor de los clavos de hierro, provocando un dolor pronunciado a lo largo del nervio mediano.

Levantar el cuerpo también sería una acción muy lacerante, ya que apoyaría la espalda sangrante en el poste de madera. Los dolores musculares y una parestesia(sensación de adormecimiento u hormigueo) de los brazos se suman a la posición extremadamente incómoda.

Jesús sufre una asfixia lenta y dolorosa que tiene como resultado un aumento de la frecuencia respiratoria (taquipnea). Estas respiraciones, sin embargo, son superficiales, y no se capta mucho oxígeno. Progresa la insuficiencia respiratoria, en presencia de desagradables calambres musculares.

Jesús habló desde la cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28) Aparte de las consideraciones humanas y espirituales de enorme valor, puede perfectamente implicar también una sed fisiológica paroxística debida a la intensa deshidratación y pérdida de sangre.

Posiblemente la sed ardiente que padeció Jesucristo, producida por un aumento de la osmolaridad del medio interno y por la severa hipovolemia, es una de las sensaciones más fuertes que puede experimentar el ser humano.

Jesús aceptó y gustó la mezcla de vinagre y hiel que le ofrecieron en una esponja colocada en una caña, “pero en cuanto lo probó, no lo quiso beber” (Mt 27, 35). Tuvo la delicadeza humana de aceptar ese consuelo, como aceptó que le ayudaran a llevar la cruz o que le secaran la cara durante el camino al Calvario. El vinagre y la hiel fueron los últimos alimentos que el Señor gustó antes de morir.

CON LA CRUZ A CUESTAS – La Pasión narrada por un Fisiólogo (4)

Le ciñeron una corona de espinas entretejidas”

LA PASIÓN NARRADA POR UN FISIÓLOGO (3): LA CORONACIÓN DE ESPINAS

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Es posible que el madero transversal, muy pesado (hasta 30 o 40 Kg), basto y rugoso, fuera transportado por Jesús

Le cargan la cruz 

El gobernador le condena a muerte en la cruz: patíbulo de delincuentes y malhechores que -como la flagelación- jamás se aplicaba a ciudadanos romanos salvo en casos de deserción de soldados. Le arrancan la túnica púrpura de forma violenta y brusca: es posible que la tela, basta y sucia, se hubiera adherido a la piel por simple contacto de las costras de la sangre coagulada de gran parte de las heridas de la flagelación. Se abren de nuevo las heridas, avivándose el dolor, y provocando una nueva hemorragia, frío, temblores musculares, vergüenza y pública humillación.

con la cruzLe cargan la cruz. Los historiadores del imperio romano de la época y posteriores, explican los diversos tipos de cruces. Es posible que el madero transversal, muy pesado (hasta 30 o 40 Kg), basto y rugoso, fuera transportado por Jesús entre la nuca y sus dos brazos, seguramente atados con cuerdas al madero.

Se hienden los omoplatos y se agudiza el dolor de la corona de espinas en la región occipital –posterior- de la cabeza. La cara, tronco y piernas quedan muy peligrosamente expuestas a caídas de bruces, por tropiezo y debilidad. Pudieron haberse producido erosiones y excoriaciones en cara, rodillas y manos, si no estuvieron atadas al madero.

No quedan muy lejos el Palacio de Poncio Pilato y  el Gólgota, apenas unos mil o dos mil pasos. Sin embargo, el camino de Jesús fue largo, difícil y muy doloroso: descalzo, cubierto de heridas, con un madero bajo los hombros y una corona de espinas, sediento y aturdido, en estado de shock, bajo un fuerte sol de mediodía, rodeado de burlas, injurias y humillaciones que tendría que soportar en su camino.

Y a uno que pasaba por allí, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que volvía de su granja, le forzaron a llevar la cruz de Jesús” (Mc 15, 21). Aunque Simón de Cirene es forzado a ayudar al reo, parece que Jesús se cayó tres veces, posiblemente de cara, con todo el peso del madero en su cabeza: se producen contusiones faciales, especialmente en la nariz, que es una región particularmente dolorosa y muy capilarizada, por lo que se produciría una hemorragia nasal abundante (epistaxis). Traumas en la frente, cara, labios, quizás dolores agudos por contusiones en dientes, y posiblemente en las rodillas, al intentar parar, adelantando una de las piernas, el golpe tremendo de la cara, aplastada por el madero en la caída al suelo.

CAMINO AL CALVARIO

cruz_a_cuestasEl rostro hermoso de Jesús está ahora pálido, amoratado, sangrante, con hinchazones y la nariz deformada, sucio, lleno de polvo, maloliente, con los ojos hinchados, casi cerrados por el dolor y las contusiones, por la luz intensa del mediodía que hiere las pupilas dilatadas de Jesús. Lágrimas de Jesús. El rictus labial denota sufrimiento, angustia y desamparo. Ruido ensordecedor de voces y gritos e insultos por todas partes. Quizás en los labios se produjeron lesiones que causaron hematomas y posibles lesiones en la dentadura anterior. Fuerte jaqueca tensional por las contusiones.

La sed se hace cada vez más insoportable. La boca está seca, la lengua como un trapo áspero, quizás con heridas agrietadas. Inmenso dolor de alguna pieza dental contusionada por caídas o golpes. Jesús intenta tragar saliva, pero es poco abundante, demasiado espesa y pastosa.

Aturdido, Jesús baja la cabeza, como recogiéndose en sí mismo, defendiéndose de tantas agresiones. Para aliviar el dolor, aprieta los dientes, cierra los ojos fuertemente, y luego los abre y mira alrededor lúcidamente, buscando algún consuelo, alguna cara conocida, un esbozo de sonrisa suplicante, que revista de dignidad y compasión su propio expolio. Y sus ojos se encuentran con los de su madre. En medio del sufrimiento inmenso, halla el dulce consuelo de su madre, María. Cada corazón vierte en el otro su propio dolor y, reconfortado, prosigue su Via Crucis.

Aprieta con fuerza las manos y la nuca al madero para estimular la secreción de opioides endógenos, como reflejo inconsciente de quien persigue algún alivio del dolor. Y mientras, lágrimas saladas, salivación espesa, toses y carraspeo, vómitos, respiración acelerada, aparte de una molesta taquicardia.

Es poco más de mediodía. Comienza a hacer mucho calor y Jesús suda y se fatiga aún más. Posiblemente le hayan atado una cuerda al cuello o a la cintura para tirar de él, gritándole soezmente, insultándole.

Tal vez, y desde que se terminó la flagelación, multitud de moscas y otros insectos se lanzarían sobre las heridas sangrantes del reo. Mal olor por la ropa sucia, la sangre coagulada, el vómito y el sudor. Y el ambiente fétido de unas calles sórdidas, apestadas por la multitud de animales y de personas sudorosas y sucias. Es difícil imaginar tanto sufrimiento físico y moral.

LA CORONACIÓN DE ESPINAS – La Pasión narrada por un Fisiólogo (3)

Le ciñeron una corona de espinas entretejidas”

LA PASIÓN NARRADA POR UN FISIÓLOGO (3): LA CORONACIÓN DE ESPINAS

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Probablemente la corona le cubría toda la cabeza, a modo de casquete 

Los soldados romanos se burlan de Él. Como se burlaron los judíos en los juicios de la noche anterior. Aún por la mañana, le echan encima un manto de color púrpura, posiblemente viejo, sucio y maloliente que podría haber estado toda la noche encima de alguna caballería. “Le ciñeron una corona de espinas entretejidas, y comenzaron a saludarle: «Salve, Rey de los Judíos». Y golpeaban su cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, le adoraban.” (Mc 15, 17-20).

La corona de espinas

corona de espinasPosiblemente las espinas provinieran de la planta Euphorbia esplendens, también llamada “corona de Cristo”. Las espinas son hojas modificadas que dan lugar a formaciones agudas, aleznadas, a veces ramificadas, provistas de tejido vascular, rígidas por ser ricas en tejidos de sostén. Las espinas pueden tener una longitud 2 o 3 cm.

Se producen múltiples heridas pequeñas punzantes (pinchazos), incisiones (cortes) e inciso-contusiones (cortes unidos a golpes o cortes producidos por instrumentos no cortantes), que abarcan la parte superior de la frente y se continúan hacia atrás por ambos lados de la cabeza, afectando a los huesos parietales, temporales y occipital.

Las heridas son profundas, afectando a toda la galea capitis (cuero cabelludo), una de las regiones cutáneas con más capilares del cuerpo. Los pabellones auriculares se hallan igualmente perforados por la acción de los pinchos punzantes de la corona. No podemos olvidar que, como narran los Evangelios, la corona de espinas fue hendida, presionada, apretada sobre la cabeza con golpes de palos que los soldados romanos propinaron a Jesús (Mt 27, 30).

Como consecuencia de las profusas hemorragias provocadas por las múltiples heridas, todo el cabello, en toda su longitud, se encuentra empapado de sangre húmeda o con costras originadas al secarse y coagularse la sangre.

El dolor generado en las muy abundantes terminaciones nerviosas cutáneas craneales que captan estímulos dolorosos (nocirreceptores) es muy agudo. Además, la pérdida adicional de sangre, que debió resbalar por la frente, cayendo hasta los ojos (impidiendo una correcta visión), sienes y cabello pudo ser considerable.

También es posible que parte de la abundante sangre que caía desde la cabeza y desde la frente pasara a la boca, fuera sorbida y contribuyera a aliviar en alguna medida la intensa sed que Jesús ya sin duda padecía, por la fuerte deshidratación (por sudoración y hemorragias) y por la pérdida de electrolitos (sal), además de la sensación de calor por la fiebre que sin duda padecía.

Ya es la tercera hemorragia: sudor de sangre, flagelación, la coronación de espinas. Es probable que comenzara a instaurarse un proceso decoagulación intravascular diseminada como consecuencia de la existencia de muchas lesiones y traumas del cuerpo de Jesús.

Las bacterias que aprovecharon la debilidad de Jesús durante la flagelación para infectar las heridas, empiezan a segregar toxinas que contribuyen a agravar el proceso de coagulación. Puede que la capacidad hepática de sintetizar y liberar factores de la coagulación pudiera estar tan agotada por aporte de oxígeno insuficiente al hígado, que la capacidad de mantener el equilibrio de coagulación en la sangre de Jesús podría haber estado muy comprometida.

Ecce Homo!

juicio_jesusPilato lo presenta al pueblo con un aspecto espantosamente deplorable: “Ahí tenéis a vuestro rey” (Jn, 19, 14). Jesucristo flagelado, con la corona de espinas en la cabeza, cubierto con un mugriento y maloliente manto de burla, somnoliento, con gran debilidad, el pelo revuelto y desgreñado y con costras de sangre coagulada, encogido, doblado por la fuerte descarga nerviosa y el intenso dolor, con contusiones y hematomas en la cara por el trato brutal, y quizás temblando y tiritando por el dolor intenso, el frío y la fiebre que se produce cuando se pierde mucha sangre. Con una sed aún más intensa, saliva pastosa y espesa, la lengua seca y los labios agrietados de la propia sequedad.

Dolor de cabeza tensional. Le hacen llevar un trozo de palo en la mano a modo de cetro… y se le presenta como un Rey “Varón de dolores, no hay en El parecer ni hermosura, con el rostro que espanta”

La debilidad es ya muy grande: progresa el shock por falta de sangre, posiblemente complicado con inicio de shock infeccioso. Posible comienzo de insuficiencia cardíaca, por menor retorno venoso y arritmias provocadas por el alto potasio en sangre complicadas por fuertes taquicardias a causa de la reacción de stress, por descarga nerviosa. Progresa el posible derrame pulmonar y pericárdico que comenzó en la flagelación, lo que dificulta la respiración, aún más complicada por la referida postura de flexión del tronco y la pleuritis.

CORONA_ESPINASJesús sufre una sed fortísima por la gran deshidratación, que activa fuertemente el sistema renal y los centros cerebrales reguladores de la ingesta de agua y de la sensación de sed. Se produce una retención renal –en la medida que los riñones funcionaran competentemente- de sal y agua y aumenta de la secreción de potasio gracias a una hormona: la aldosterona, en un intento para paliar algo la altísima concentración de potasio (porcitolisis muscular y de glóbulos rojos masiva).

Cualquiera que sea el estado final de alteración de la concentración de potasio, es razonable que contribuyera a complicar la excitabilidad nerviosa, neuromuscular y cardíaca.

Ya se ha mencionado un posible comienzo de insuficiencia renal, en el que pudieran estar actuando, al menos, tres mecanismos:

a) Las células musculares, al ser rotas por las contusiones fortísimas de la flagelación, vierten una proteína a sangre, la mioglobina, que obstruye el sistema de filtración del riñón.

b) Las fuertes lesiones de la flagelación en la región lumbar que pudieron contusionar  directamente los riñones

c) La intensa vasoconstricción arteriolar aferente y eferente causada por la angiotensina-II, otra hormona hepática segregada junto a la aldosterona, deja casi sin sangre al riñón.

Y en todo momento, Jesús permanece callado, perdonando, aceptando el sufrimiento, quizá preparándose ya para el duro camino que le espera hasta el Calvario.

El blog de primeroscristianos.com

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