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¿Cómo nació la costumbre de poner el Belén?

¿Cómo nació la costumbre de poner el Belén?

El Papa invita a hacer el Nacimiento en casa. ¿Cómo nació esta costumbre?

En las catacumbas de los primeros cristianos pueden encontrarse imágenes del Nacimiento. Pero a San Francisco de Asís se le considera el primer impulsor de las representaciones.

ROBERTO FABRIZI
ASSOCIAZIONE ITALIANA AMICI DEL PRESEPIO
“En 1223, San Francisco pidió permiso al Papa Honorio III para representar la imagen del nacimiento de Jesús. Aunque no se le puede considerar un Nacimiento ya que sólo estaba el Niño, el buey y el asno”.

Ante el gran número de personas que no sabían leer ni escribir en su época, San Francisco encontró esta solución para explicar el significado de la Navidad. Sin embargo, fue una representación viviente y no un nacimiento con figuras. Hubo que esperar 67 años para ver el primero.

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LA BUSQUEDA DE LA SANTIDAD EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

LA BUSQUEDA DE LA SANTIDAD EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

 

“Por cierto, esta gente ha encontrado la verdad
(ARÍSTIDES DE ATENAS, Siglo II)

Estar bautizado suponía, para los primeros cristianos,  buscar decididamente la santidad. No cabía el cristiano tibio. Se vivía la vocación cristiana con radicalidad.
Todos,  -hombres  y mujeres,  niños y ancianos, sanos y enfermos, ricos y pobres…-   se esforzaban a diario por imitar la vida de Cristo en su vida ordinaria. Gastándose en el anonimato de su trabajo y ofreciendo  el sacrificio de su vida en las dificultades cotidianas, o a través de la enfermedad, etc. , vivían hasta el final su compromiso cristiano.
Tenían muy claro que ser santos consiste en cumplir la misión divina recibida por cada uno; que todos estamos llamados a la santidad.  Por eso procuraban dar a conocer a sus familiares y amigos ese descubrimiento que llenaba de sentido su vida,  contagiando  su felicidad a los demás,  haciendo eco  de la llamada que habían recibido.

 

Presentamos 20 textos de distintos autores sobre la busqueda de la santidad en los primeros cristianos

1 (Desde los principios del cristianismo está muy clara la llamada y elección divina para que seamos santos. En los años 90 del siglo I nos dice San Clemente de Roma…)
Acerquémonos al Señor en santidad de alma, con
las manos puras y limpias levantadas hacia Él, amando al que es nuestro Padre clemente y misericordioso, que nos escogió como porción de su heredad.  (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los Corintios, 30-34)

2Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuales son los caminos que nos conducen a ella. (SAN CLEMENTE ROMANO, Epístola a los Corintios, 31-33)

3.  (Estos dos textos de San Ignacio, camino de su martirio, nos hacen ver la disposición radical de entregar la propia vida que debe tener todo cristiano…)
Si no estamos dispuestos para correr, con la ayuda de Jesucristo, hasta a la misma muerte para imitar su pasión, tampoco su vida está en nosotros. (SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Epístola a los Magnesios, 2)

4Un cristiano no es dueño de si mismo, sino que esta entregado al servicio de Dios. (SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Epístola a San Policarpo, 1-6)

5.  (El cristiano sigue el camino de su Maestro: amar la cruz y el sacrificio, donde se encuentra la verdadera felicidad.  Sabe devolver siempre bien por mal…)

Aman a todos y son perseguidos por todos. No son conocidos, pero todos los condenan. Son matados, pero siguen viviendo. Son pobres, pero hacen ricos a muchos. No tienen nada, pero abundan en todo. Son despreciados, pero en el desprecio encuentran gloria ante Dios. Se ultraja su honor, pero se da testimonio de su justicia. Están cubiertos de injurias y ellos bendicen. Son maltratados y ellos tratan a todos con amor. Hacen el bien y son castigados como malhechores. Aunque se les castigue, están serenos, como si, en vez de la muerte, recibieran la vida. Son atacados por los judíos como una raza extranjera. Los persiguen los paganos, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. (CARTA A DIOGNETO, 5-7)

6.  Observan exactamente los mandamientos de Dios, viviendo santa y justamente, así como el Señor Dios les ha mandado; le rinden gracias cada mañana y cada tarde, por cada comida o bebida y todo otro bien… (ARISTIDES DE ATENAS, La Apología, 5)


7. (Arístides de Atenas advierte el Emperador Adriano de que los cristianos han encontrado la auténtica verdad…)

Estas son, oh Emperador, sus leyes. Los bienes que deben recibir de Dios, se los piden, y así atraviesan por este mundo hasta el fin de los tiempos, puesto que Dios lo ha sujetado todo a ellos. Le están, pues, agradecidos, porque para ellos ha sido hecho el universo entero y la creación. Por cierto, esta gente ha hallado la verdad. (ARISTIDES DE ATENAS, Apología, 6)

8.  (La búsqueda de la santidad requiere esfuerzo estable y continuado, y confiar en la gracia de Dios. El cristiano se crece ente las dificultades y se afianza en la virtud…)
Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: estos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella. (SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Sobre la muerte, 13)

9.  (La santidad está en llevar con perseverancia las dificultades de la vida…)
De la misma manera que la victoria atestigua el valor del soldado en la batalla, de la misma manera se pone de manifiesto la santidad de quien sufre los trabajos y las tentaciones con paciencia inquebrantable. (SAN CIRILO DE JERUSALEN,
Catequesis sobre los misterios, 4)

10.  (La santidad no tiene límite, siempre podremos crecer en ella y acercarnos más  a Dios…)
En cuanto a la virtud hemos aprendido del Apóstol (San Pablo) que hay un solo límite de la perfección: el no tener ningún límite. Porque este hombre de mente abierta y elevada, el divino Apóstol, corriendo siempre por la virtud, nunca cesó de tender hacia adelante, ya que no consideraba seguro hacer un alto en la carrera. ¿Por qué? Porque todo bien, por su propia naturaleza, no tiene límite. (SAN GREGORIO DE NISA, Vida de Moisés, 5-6)

11.  (San Agustín pone de manifiesto la importancia de las dificultades y de las tentaciones en el camino de la santidad…)
Nuestra vida en este viaje de aquí abajo no puede estar sin pruebas, nuestro progreso no se realiza más que entre pruebas y nadie se conoce a si mismo si no ha sido tentado. Sólo hay recompensa para el que ha vencido, sólo hay victoria para el que ha combatido, sólo hay combate frente al enemigo o la tentación.    (SAN AGUSTÍN, Comentario sobre el Salmo 60, 3)

12.  Los mismos sufrimientos que soportamos nosotros tuvieron que soportarlos también nuestros padres; en esto no hay diferencia. Y, con todo, la gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro. (SAN AGUSTÍN, Sermón 2, 2)

13.  Prototipo: los primeros cristianos.  Hemos de ser tan santos como ellos, tan abnegados, tan desasidos, tan celosos por la gloria de Dios, tan proselitistas, tan de la Iglesia.  (SAN PEDRO POVEDA, Vivir como los primeros cristianos, Narcea, 2003, pag. 33)



14.  (San Josemaría nos hace considerar el modo que tienen de llamarse entre sí los primeros cristianos: santos…)

La santidad: ¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío! Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: os saludan todos los santos, salud a todo santo en Cristo Jesús. (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 96)
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15.  Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla —advierte uno de los escritores cristianos de los primeros siglos, refiriéndose a la unión con Dios—, comienza por ser pequeño. Es al alimentarse gradualmente como, con constantes progresos, llega a hacerse grande. Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente —sé que estás dispuesto, aunque tantas veces te cueste vencer o tirar hacia arriba con este pobre cuerpo—, has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas.      (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, 7)

16. Los primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad, se diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva.   (JUAN PABLO II, Veritatis Splendor, 26)

17.  (En los siguientes números Benedicto XVI nos habla, con palabras de los Padres de la Iglesia, de que Dios quiere que nos asemejemos a Él, nos da su gracia y nos hace capaces de la santidad que es identificación con la vida de Cristo…)

Dado que Él os ha ordenado que, cuando oréis, llaméis a Dios Padre, os dice que os asemejéis a vuestro Padre celestial, con una vida digna de Dios, como el Señor nos ordena con más claridad en otra ocasión, cuando dice: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial(Mt 5, 48) (De oratione dominica 2: PG 44, 1145 ac).   (BENEDICTO XVI,  presenta a  San Gregorio de Nisa, 5 septiembre 2007)

18. Al hacerse hombre, Cristo nos dio la posibilidad de llegar a ser como Él. El nacianceno (San Gregorio) exhorta: «Tratemos de ser como Cristo, pues también Cristo se hizo como nosotros: ser como dioses por medio de Él, pues Él mismo se hizo hombre por nosotros. Cargó con lo peor para darnos lo mejor» («Oratio 1,5»: SC 247,78). (BENEDICTO XVI, presenta a  San Gregorio Nacianceno, 22 agosto 2007)

19.  La perfección que queremos encontrar no es algo que se conquista para siempre; perfección es seguir en camino, es una continua disponibilidad para seguir adelante, pues nunca se alcanza la plena semejanza con Dios; siempre estamos en camino (Cf. «Homilía in Canticum 12»). La historia de cada alma es la de un amor que es colmado en cada ocasión, y que al mismo tiempo está abierto a nuevos horizontes, pues Dios dilata continuamente las posibilidades del alma para hacerla capaz de bienes siempre mayores. Dios mismo ha sembrado en nosotros semillas de bien y de Él surge toda iniciativa de santidad, «modela el bloque… Limando y puliendo nuestro espíritu forma en nosotros a Cristo» («In Psalmos 2»,11). Gregorio aclara: «No es obra nuestra, y no es tampoco el éxito de una potencia humana el llegar a ser semejantes a la Divinidad, sino el resultado de la generosidad de Dios, que desde su origen ofreció a nuestra naturaleza la gracia de la semejanza con Él» («De virginitate 12»,2: SC 119,408-410).  (BENEDICTO XVI presenta a  San Gregorio de Nisa, 5 septiembre 2007)

20.  Recuerda que un valiente compromiso por la perfección requiere una constante vigilancia, frecuentes mortificaciones, aunque con moderación y prudencia, un asiduo trabajo intelectual o manual para evitar el ocio (Cf, Epístolas 125, 11 y 130, 15), y sobre todo la obediencia a Dios: «No hay nada que le agrade tanto a Dios como la obediencia…, que es la más excelsa de las virtudes» («Hom. de oboedientia»: CCL 78,552).   (BENEDICTO XVI presenta a  San Jerónimo, 14 noviembre 2007)

Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri  (Ed. Planeta)

Primeros Cristianos.

ENTREVISTA AL CARDENAL D. JULIÁN HERRANZ

“Como los Padres de la Iglesia, Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han enseñado a difundir el mensaje de Cristo”

ENTREVISTA AL CARDENAL D. JULIÁN HERRANZ

D. Julián Herranz

Entrevista concedida awww.primeroscristianos.com por el Cardenal Don Julián Herranz, Presidente Emérito del Pontificio Consejo para Interpretación de los Textos Legislativos. Por su cargo, ha tenido la oportunidad de tratar de cerca al Beato Juan Pablo II y al Papa Benedicto XVI.

¿PIENSA USTED QUE LA FIGURA DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS ES RELEVANTE HOY EN DÍA?

Me parece que es más que relevante: es absolutamente necesaria. Los cristianos de hoy, para ser verdaderos cristianos, hemos de tener el temple que tuvieron los primeros cristianos, porque se trata de vivir el cristianismo en una sociedad que se parece mucho a aquella a la que ellos se enfrentaron.

Estamos hablando del nacimiento, de la expansión de la Iglesia en medio de la situación social propia del tiempo, es decir, de lo que era el antiguo Imperio Romano. Tanto en el magisterio de los Padres de la Iglesia como en la vida de estos primeros cristianos encontramos dos exigencias fundamentales. Una, crecer en el conocimiento y en el amor de Cristo; y la segunda, tener esa dimensión apostólica y misionera que los primeros cristianos eran conscientes que habían de tener como exigencia del Bautismo, en medio de una sociedad pagana.

 

¿POR QUÉ EL PAPA HABLA TANTO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS?

Pienso que es por esta similitud entre lo que ellos vivieron y los que la Iglesia nos pide a partir del Concilio Vaticano II. El Papa es consciente, y lo repite, que la enseñanza fundamental del Concilio Vaticano II era recordar la llamada universal a la santidad y al apostolado —que encontramos sobre todo en la Constitución Lumen Gentium y en el decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem, pero en general en el conjunto de los documentos del Concilio Vaticano II—. Esto significa tomar conciencia de la importancia del Bautismo, que es morir y resucitar con Cristo.

Además, nacen del Bautismo los dos derechos y deberes de todo cristiano: el ser santo y el ser apóstol, llamada universal a la santidad y al apostolado. Es la exigencia bautismal de identificarse con Cristo, de imitar a Cristo y conocer su mensaje y, en segundo lugar, de dar a conocer su mensaje, de ser apóstoles. En la vocación cristiana estos dos aspectos están íntimamente relacionados. Por un lado, tenemos la exigencia ascética de ser santos y, por otro, la exigencia misionera de ser apóstol cada uno en el ambiente en que se encuentra por Voluntad de Dios.

 ¿POR QUÉ CONSIDERA USTED, COMO HA DICHO VARIAS VECES, QUE BENEDICTO XVI ES UN PADRE DE LA IGLESIA EN NUESTROS DÍAS?

Vosotros que estudiáis la vida de los primeros cristianos veréis que los padres de la Iglesia tenían como común denominador dos líneas fundamentales de exigencia pastoral. La primera es enseñar a los fieles a conocer, tratar y amar a Cristo;  la segunda es que los fieles tenían que identificarse con Cristo y, para eso, conocer su vida, lo que dijo y lo que hizo. Conocerlo más y amar más. Ellos tenían esa idea clara.

Y es que en el amor a Dios sucede como en el amor humano. Un chico y una chica se buscan, se tratan, se conocen más y de ese conocimiento nace el amor. En el amor divino sucede lo mismo: uno va detrás de Cristo en el Pan y en la Palabra; en la Eucaristía, en el Evangelio; te metes en las escenas del Evangelio, te identificas un poco con los apóstoles y lo vas conociendo, ves qué mirada tenía, la fuerza de su palabra, qué capacidad de amar y de tener paciencia con nuestra debilidad; qué capacidad de entusiasmar, de ser un líder, de llevar detrás a las masas; qué capacidad de abrir los horizontes de la vida eterna, de ser Quien emite luz con lo que dice, “Tú tienes palabras de vida eterna”, le dirán… Unos se escandalizan y se van, pero otros, en cambio, le siguen y se van detrás hasta dar la vida por Él.

Pues los Padres de la Iglesia hacían eso, enamorar de Cristo a los fieles, de tal manera que lo amaban tanto que daban la vida por Él, como vemos que hicieron muchos de los primeros cristianos.

Por otra parte, los Padres de la Iglesia —es la segunda línea fundamental— enseñaban a vivir seriamente el cristianismo dentro de una sociedad pagana. Estas dos cosas son las que está haciendo Benedicto XVI. Incluso personalmente: ahí tenemos esos dos libros sobre Jesús de Nazareth.

He coincidido veintidós años con Benedicto XVI y trabajé veinticuatro años con el ahora Beato Juan Pablo II; cuando me han pedido que resuma la vida de uno y otro en pocas palabras digo que puedo hacerlo en una palabra: enamorados. Y van, como los enamorados, a hablar de su amor por todas partes.

He dicho a los periodistas que ellos escriben todos los récords que ha batido Juan Pablo II: el Papa que más años ha gobernando la Iglesia, que más vueltas ha dado al mundo, el Papa que más millones de fieles ha reunido, que más documentos doctrinales ha publicado, el que más leyes ha promulgado… Pero les he dicho que se olvidan del récord más importante: Juan Pablo II es el Papa que más horas ha pasado delante del Sagrario, hablando con su Amor.

Y después iba a hablar de su Amor, pues el que ama tiene deseos de que también otros amen al objeto de su amor. Fue a hablar de Cristo a todos los areópagos del mundo: al areópago de Atenas, por supuesto —lo cual también es un récord, pues ningún otro Papa había ido allí—, pero también a los otros “areópagos”: la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Consejo de Europa y la mitad de los estadios de todo el mundo encontrándose con los jóvenes, que tenían deseos de verle.

Pues eso es lo que hacían los Padres de la Iglesia y lo que el Beato Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han enseñado a hacer a los cristianos ahora: conocer a Cristo, tratarle, amarle; y —su otra gran preocupación, como era para los Padres de la Iglesia— enseñar a los cristianos que se movían en la sociedad pagana cómo comportarse siendo fieles a su vocación cristiana para ser fieles y para hacer penetrar las verdades del cristianismo en esa sociedad.

Juan Carlos Carrillo,
José  María Martí,
Ignacio Coloma,
Borja Díaz de Bustamante

 

Primeros Cristianos – Primeros Cristianos.

“ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS”, en las librerías a partir del 8 de febrero 2011

“ORAR CON LOS
PRIMEROS CRISTIANOS”
Autor: Gabriel Larrauri Aguirre
Editorial Planeta Testimonio
Luces que vienen de lo lejos. 

Voces que nos hablan desde la distancia.

Eco de vidas entregadas por Cristo y por la Iglesia.

Recuerdo de vidas vividas con intensidad, auténticas, coherentes, que han dejado una huella profunda en la historia de la humanidad.

Gente normal, que ha sabido ser heroica.

Hombres y mujeres que con su vida ordinaria han conseguido cosas extraordinaria.

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Sinopsis

La selección de textos que se presenta en este libro busca dar a conocer la vida de los primeros cristianos a las mujeres y a los hombres del siglo XXI: hacernos presente el espíritu que ellos vivieron, tal como ellos mismos lo han contado.

Se pretende con este libro que los primeros escritores cristianos hablen directamente al lector, y que este diálogo directo sea enriquecedor para quien lo mantenga con ánimo abierto y oído atento.

Se trata de poner al alcance de los lectores algunos de los tesoros que se encuentran en sus escritos y que no son fácilmente conocidos por quienes no son especialistas.

Estos textos de la antigüedad cristiana tienen un especial atractivo porque nos permiten captar el mensaje cristiano en sus fuentes originarias. Viajamos a los tiempos del nacimiento de la Iglesia. Nos permiten acercarnos a los primeros eslabones de esta fabulosa cadena que a lo largo de la historia ha transformado el mundo.

De San Clemente Romano a San Agustín

En las páginas de este libro se incluyen textos de los Padres Apostólicos y los escritores de finales del siglo I y de la primera mitad del siglo II (San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna…), que son verdaderos testigos de los comienzos, ya que conectan directamente con los tiempos de los Apóstoles.

Los Padres y apologistas de los siglos II y III, que fueron auténticos defensores de la fe, ante las duras persecuciones (San Justino, Atenágoras, Teófilo de Antioquía,…) y ante la aparición de las primeras herejías (San Ireneo de Lyon, Orígenes, Clemente de Alejandría, Tertuliano, San Cipriano de Cartago…).

Y termina con los grandes Padres de Oriente y de Occidente del siglo IV y de la primera mitad del V. Concretamente  hasta San Agustín de Hipona (354-430).

 

Un excelente libro de consulta

Gabriel Larrauri Aguirre
Gabriel Larrauri Aguirre

En cuanto a los autores que se citan, se puede encontrar en el comienzo del libro una “relación cronológica” de los mismos, para que el lector pueda situarlos en el tiempo con más facilidad.

En las páginas finales se recoge una breve “información biográfica”sobre cada uno de ellos, de modo que se pueda conocerlos mejor y hacerse cargo de las circunstancias que rodearon su vida.

Se ofrece también un “índice por autores” y otro “índice temático” que pueden ser útil es para localizar los textos con más facilidad, también pensando en la preparación de conferencias, charlas, pláticas, homilías, etc.

En los textos seleccionados se ha resaltado en “negrita” algunas palabras para facilitar al lector centrar la atención en esas ideas. Habitualmente son sencillos y se entienden fácilmente, pero hay algunos que merece la pena dedicarles un poco más de tiempo y esfuerzo para pensar en ellos más despacio. Dentro de cada capítulo los textos respetan el orden de antigüedad para facilitar la comprensión se sus contenidos.

Autor: Gabriel Larrauri

Editorial: Planeta Testimonio

OCTAVARIO POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2011

Se pide a todos los cristianos redescubrir los valores que constituyen la unidad de la primera comunidad cristiana de Jerusalén.

 

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 17 de enero de 2011 (ZENIT.org).

El texto forma parte de los materiales distribuidos por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la Unidad de los Cristianos. La base del documento ha sido redactada por un equipo de representantes ecuménicos de Jerusalén.

Benedicto XVI, pidiendo por la unidad de los cristianos en Londres

 

Hace dos mil años, los primeros discípulos de Cristo reunidos en Jerusalén tuvieron la experiencia de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y han estado reunidos en la unidad que constituye el cuerpo del Cristo. Los cristianos de siempre y de todo lugar ven en este acontecimiento el origen de su comunidad de fieles, llamados a proclamar juntos a Jesucristo como Señor y Salvador. Aunque esta Iglesia primitiva de Jerusalén ha conocido dificultades, tanto exteriormente como en su seno, sus miembros han perseverado en la fidelidad y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones.

No es difícil constatar que la situación de los primeros cristianos de la Ciudad Santa se vincula hoy a la Iglesia de Jerusalén. La comunidad actual conoce muchas alegrías y sufrimientos que fueron las de la Iglesia primitiva: sus injusticias y desigualdades, sus divisiones, y también su fiel perseverancia y su consideración de una unidad mayor entre los cristianos.

Las Iglesias de Jerusalén nos hacen actualmente entrever lo que significa luchar por la unidad, incluso en las grandes dificultades. Nos muestran que la llamada a la unidad puede ir bien más allá de las palabras y orientarnos de verdad hacia un futuro que nos haga anticipar la Jerusalén celestial y contribuir a su construcción.

Es necesario el realismo para que esta idea se convierta en realidad. La responsabilidad de nuestras divisiones nos incumbe; son fruto de nuestros propios actos. Debemos transformar nuestra oración, y pedir a Dios transformarnos nosotros mismos para que podamos trabajar activamente para la unidad. Tenemos buena voluntad para pedir por la unidad. Puede que el Espíritu Santo nos anime a nosotros mismos ante el obstáculo de la unidad; ¿nuestra propia soberbia impide la unidad?

La llamada a la unidad llega este año desde Jerusalén, la Iglesia madre, a las Iglesias del mundo entero. Conscientes de sus propias divisiones y de la necesidad de hacer ellas mismas mucho más por la unidad del Cuerpo de Cristo, las Iglesias de Jerusalén piden a todos los cristianos redescubrir los valores que constituyen la unidad de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, cuando era asidua a la enseñanza de los Apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones. He aquí el desafío que tenemos. Los cristianos de Jerusalén piden a sus hermanos y hermanas hacer de esta semana de oración la ocasión de renovar su compromiso para trabajar por un verdadero ecumenismo, arraigado en la experiencia de la Iglesia primitiva.

Cuatro elementos de unidad

Las oraciones de 2011 para la Semana de oración por la unidad de los cristianos han sido preparadas por los cristianos de Jerusalén, que eligieron el tema de los Hechos 2,42: “Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones.” Este tema nos recuerda los orígenes de la primera Iglesia de Jerusalén; invita a la reflexión y a la renovación, a una vuelta a los fundamentos de la fe; invita a recordar el tiempo en que la Iglesia era aún indivisa. Cuatro elementos se presentan para meditar este tema; fueron características destacadas de la comunidad cristiana primitiva y son esenciales para la vida de toda comunidad cristiana. En primer lugar, los apóstoles transmitieron la Palabra. En segundo lugar, una de las características destacadas de la primera comunidad que creía cuando se reunía, era la comunión fraterna (koinonia). Una tercera característica de la Iglesia primitiva consistía en celebrar la Eucaristía (la “fracción del pan”), en memoria de la Nueva Alianza que Jesús realizó a través sus sufrimientos, su muerte y su resurrección. El cuarto aspecto era la ofrenda de una oración continua. Estos cuatro elementos son los pilares de la vida de la Iglesia y de su unidad.

La comunidad cristiana de Tierra Santa propone poner de relieve estos elementos fundamentales y ruega a Dios por la unidad y la vitalidad de la Iglesia extendida por el mundo. Los cristianos de Jerusalén invitan a sus hermanas y hermanos en todo el mundo a unirse a su oración en su lucha por la justicia, la paz y la prosperidad de todos los pueblos de esta tierra.

Los temas del OctavarioJerusalén

Un planteamiento de fe puede ser percibido a través de los temas del octavario. Desde su inicio en la habitación superior, la comunidad cristiana primitiva experimenta la efusión del Espíritu Santo, que la vuelve capaz de crecer en la fe y la unidad, en la oración y la acción, para convertirse realmente en la comunidad de la resurrección, unida a Cristo en su victoria sobre todo lo que nos separa unos de otros y de Él. La Iglesia de Jerusalén se transforma así en faro de esperanza, anticipo de la Jerusalén celestial, llamada a reconciliar no solamente nuestras Iglesias sino a todos los pueblos. Este camino es guiado por el Espíritu Santo que conduce a los primeros cristianos al conocimiento de la verdad sobre Jesucristo, y llena a la Iglesia primitiva de signos y maravillas. Prosiguiendo su planteamiento, los cristianos de Jerusalén se reúnen con fervor para escuchar la Palabra de Dios transmitida por la enseñanza de los apóstoles, y se reúnen en la comunión fraterna para celebrar su fe en el sacramento y la oración. Llena de poder y de esperanza en la resurrección, la propia comunidad celebra la certeza de su victoria sobre el pecado y la muerte, para tener el proyecto y el valor de ser ella misma instrumento de reconciliación, capaz de inspirar a todos los pueblos y de llamarles decididamente a superar las divisiones y las injusticias que sufren.

El día primero sitúa los orígenes de la Iglesia madre de Jerusalén y se muestra claramente la continuidad con la Iglesia extendida hoy a través del mundo. Nos recuerda el valor de la Iglesia primitiva que daba fielmente testimonio a la verdad, al igual que hoy nosotros tenemos que trabajar por la justicia tanto en Jerusalén como en el resto del mundo.

El día segundo recuerda que la primera comunidad reunida en Pentecostés se componía de orígenes muy distintos, y que, de la misma manera, se encuentran hoy en la Iglesia de Jerusalén una gran diversidad de tradiciones cristianas. Tenemos presente el desafío de realizar una unidad visible aún más extendida, por los medios que tienen en cuenta nuestras diferencias y nuestras tradiciones.

El día tercero presta atención al aspecto más fundamental de la unidad: la Palabra de Dios comunicada a partir de la enseñanza de los apóstoles. La Iglesia de Jerusalén nos recuerda que, cualesquiera que sean nuestras divisiones, esta enseñanza nos exhorta a que nos gastemos por amor los unos a los otros, y en la fidelidad al único cuerpo que es la Iglesia.

El día cuarto insiste sobre la participación como segunda expresión de la unidad. Sobre el método de los primeros cristianos que ponían todo en común, la Iglesia de Jerusalén pide a todos sus hermanos y hermanas de la Iglesia compartir sus bienes y sus preocupaciones en la alegría y la generosidad de corazón, para que nadie permanezca en la necesidad.

El día quinto se refiere al tercer aspecto de la unidad: la fracción de pan, que nos reúne en la esperanza. Nuestra unidad se extiende más allá de la santa comunión; debe implicar una actitud correcta en cuanto a la vida moral, a la persona humana y al conjunto de la comunidad. La Iglesia de Jerusalén pide a los cristianos unirse en “la fracción del pan”, ya que una Iglesia dividida no puede expresarse con autoridad sobre las cuestiones de justicia y paz.

El día sexto presenta la cuarta característica de la unidad; como la Iglesia de Jerusalén, sacamos nuestra fuerza del tiempo que pasamos orando. Nuestro Padre, muy especialmente, nos llama a todos, débiles o fuertes, tanto en Jerusalén como en el resto del mundo, a trabajar juntos por la justicia, la paz y la unidad para que venga el reino de Dios.

El día séptimo nos lleva más allá de estos cuatro elementos de unidad: la Iglesia de Jerusalén proclama alegremente la resurrección, incluso mientras aguanta el sufrimiento de la cruz. La resurrección de Jesús es para los cristianos de la Jerusalén actual una esperanza y una fuerza que les hace capaces de seguir siendo constantes en su testimonio, y de trabajar por la libertad y la paz en la Ciudad de la paz.

El día octavo concluye el planteamiento sobre una llamada hecha por las Iglesias de Jerusalén en favor de un servicio más extenso: el de la reconciliación. Aunque los cristianos llegasen a la unidad entre ellos, no habrán acabado su trabajo, ya que ellos mismos deben reconciliarse con otros. En el contexto de Jerusalén, se significa entre palestinos e israelíes; en otras comunidades, los cristianos deben buscar la justicia y la reconciliación en el contexto que les es propio.

El tema de cada día se ha elegido no solamente para recordarnos la historia de la Iglesia primitiva, sino también para que las experiencias de los cristianos de la Jerusalén actual estén presentes espiritualmente, y nos inviten a reflexionar a todos sobre la manera en que podemos aprovechar en nuestras comunidades cristianas locales este tipo de experiencia. Durante este planteamiento de ocho días, los cristianos de Jerusalén nos invitan a proclamar y a testimoniar que la unidad -en su pleno sentido de fidelidad a la enseñanza de los apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones- nos hará capaces de triunfar juntos sobre el mal, no sólo en Jerusalén, sino por todas partes del mundo.

 

 

LOS ORÍGENES DEL ADVIENTO

¿cómo y cuándo empieza a vivirse?

EL ADVIENTO

TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD

Expectación penitente, piadosa y alegre

La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).
Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.
(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524)

 

Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

A PARTIR DEL SIGLO IV

El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su uso en la lengua latina clásica.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.

La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380: “Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.

UN TIEMPO DE PENITENCIA

Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.  Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma” (Mansi, IX, 796 y 933).  Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.

Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.

Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.

UNA DOBLE ESPERA

El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.

No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa: “el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).